¿La violencia es requisito para el éxito en el deporte?

Por Eva Fontdevila y Emanuel Gall

Un documental sobre la vida de Guillermo Pérez Roldán, en Star+, vino a confirmar algo que ya veníamos pensando acerca de la importancia de ver a los y las deportistas como seres humanos.

Sí, luego fuimos campeones del mundo y esas personas que corren detrás y delante de la pelota fueron convertidos en dioses. Pero aún dentro del endiosamiento estuvimos charlando sobre lo valioso de que el arquero de las mil atajadas espectaculares, Emiliano Dibu Martínez, vaya al psicólogo, lo llame cuando se angustia incluso estando en Qatar, y sobre todo… ¡Que lo haga público! También la esposa de Ángel Di María nos contó que anotaba los nombres de periodistas que bardeaban a “fideo”para proteger a su marido y que no les diera notas. Vimos llorar al técnico Lionel Scaloni, a Rodrigo De Paul y nos conmovimos con la alegría de Sergio Kun Agüero, que se quedó afuera por un problema cardíaco pero sus amigos lo incluyeron en otro rol. También nos conmovimos con el tierno insulto de Messi a un rival y “Andá pa allá, bobo!” se volvió remera, aunque a algunos medios les pareciera un derrape del 10, que perdió algo de su elegancia en ese gesto extremo.

Así las cosas, estuvimos charlando socialmente sobre lo bueno que es que esta gente que es súper exitosa y millonaria también pueda permitirse momentos de angustia y mejor si es acompañada por profesionales, amigues, familia, etc. Es más: para muchos y muchas, lo más importante de ganar la copa del mundo era ver realizarse a Lio Messi (porque hasta ahora no se había realizado, es obvio).

Volvamos al primer párrafo. Star+puso a disposición un documental sobre la vida de Guillermo Pérez Roldan, un tenista muy relevante de los años 80 y 90 del deporte argentino. La cosa es que en pantalla se vio a un padre despiadado torturando a un hijo para que fuera el mejor. El padre es un horror. El hijo rompe el vínculo ya de grande porque se da cuenta que esa crianza fue de un nivel de violencia que requería ser denunciado. Raúl Pérez Roldán había sido avalado por la Asociación Argentina de Tenis para llevar adelante el centro de entrenamiento de menores en Tandil que, según la denuncia, se basaba en la violencia física y psicológica. Cuando los chicos no mostraban el rendimiento esperado, se ponía en juego el sistema de castigos. Terminó acusado de explotación sexual, lesiones, abuso y lavado de dinero.

Según una nota publicada en Infobae, “Los tormentos de Guillermo incluían golpes con cinturón, con palos, con toalla mojada o directas trompadas a mano cerrada o abierta. ´Era tal el temor reverencial que tenía frente a mi padre que nunca a lo largo de todos los años tuve el valor de responderle y menos aún agredirlo físicamente o enfrentarlo. Me encontré en un estado de sometimiento absoluto´, dijo el tenista retirado ante la Justicia cuando presentó su denuncia”.

Y más allá de la historia personal de este crack tenista que pudo hablar para las cámaras, con un innegable y valioso deseo de ayudar a otros/as, justamente es en esa posibilidad de prevención en que se ubica el interés social sobre su caso.

Los y las deportistas son seres humanos, incluso quienes compiten en el más alto nivel. Y por lo visto habíamos naturalizado que el entrenamiento para llegar a ese nivel implica un nivel de sacrificio que incluye violencia extrema, tortura, desamor paterno/ materno.

Siempre supimos que las gimnastas rusas, las checas, las de los países de Europa del este eran torturadas por sus entrenadores para alcanzar el nivel que se esperaba. Nadia Comaneci obtuvo el 10 perfecto en Munich en 1970 luego de un régimen durísimo de entrenamiento. En 2020, 50 años después, en plena pandemia, la gimnasta norteamericana Simone Biles  se retiró de los Juegos Olímpicos de Tokyo tras sufrir una crisis de salud mental. Una estrella que había ganado cinco medallas olímpicas en Río 2016 no aguantó más. Sufrió un episodio de desconexión entre mente y cuerpo; lo que se conoce en el lenguaje gimnástico como “twisties”.”Fue un milagro que cayese de pie. Cualquier otra persona habría salido en camilla. En cuanto aterricé en ese salto, fui y le dije a mi entrenador: ‘No puedo continuar'”, recuerda.

Simone Biles en Juegos Olímpicos de Tokio.

La súper exigencia a los/as deportistas, la asunción de que deben “matarse” desde muy chicos/as para triunfar, que deben abandonar otras pretensiones o experiencias propias de su edad, está en muchos casos además a cargo de sus propios padres.

El diario La Nación tituló en 2022 “Max Verstappen: un bicampeón de la Fórmula 1 moldeado a la perfección por la dureza de su padre”.  Lo que este artículo señala como “dureza” incluyó suplir su propia frustración como corredor en la carrera de su hijo que comenzó con karting a los 4 años; también abandonar a su hijo en una estación de servicio en la ruta en Italia por la frustración, dejar de hablarle por una semana, hacerlo usar un casco pesado a los 5 años  para ver si era capaz de resistirlo. Verstappen se incluyó en la Fórmula 1 antes de cumplir los 18 años, tiene una carrera excepcional.

Entre los episodios de violencia del padre Jos Verstappen contra el hijo, el sitio TyC Sports destaca que en una ocasión “le pegó una piña en la cara a Max a “modo de despertador” antes de una carrera de karting que el joven terminaría ganando. Por otro lado, cuando su hijo tenía nueve años lo retiró del colegio en pleno invierno y lo llevó a un circuito automovilístico para hacerle manejar a bajas temperaturas. “Él se quejaba del frío y le dije: ‘Ok, ve a calentarte’. Pasaron tres minutos y no volvía. ‘Todavía tengo frío’, me dijo. ‘No me importa, maneja’, le respondí. Él no podía mover sus dedos pero no me importaba'”, reveló Jos sobre ese episodio”.

Max Verstappen y su padre

Estos documentales no hacen más que sumar archivos, voces de testigos y profesionales y sistematizar historias con un denominador común, la violencia como mediadora de un vínculo de autoridad y una manera de transmitir saberes y mandatos. El de padres y madres con sus hijos durante el proceso de formación del amateurismo hacia el profesionalismo en disciplinas deportivas diversas. Todas de alta competencia.

En todos los casos se trata de historias de chicos y chicas súper talentosos (posiblemente con dotes superiores a la media) apasionados por un deporte pero sobre todo marcados por las expectativas de los adultos referentes de su entorno. No sólo debieron cargar con los sueños y las pretensiones de sus padres, sino con los mandatos de éxito en la carrera, una pretensión de éxito que muchas veces recaía en ellos producto de la frustración propia de los adultos. Adultos que depositaban en niños objetivos que ellos no habían estado en condiciones de satisfacer y lo hacían utilizando la violencia psicológica y manipuladora (pero muchas veces también física y extrema) como motor educativo. O sea niños objetos de deseos de otros. Niños que desde muy temprana edad asumieron que los sueños se forjaban también con una cuota de miedo y terror al escarmiento que podía provocar el fracaso. ¿Hay algo más alejado que un camino sano hacia algo que se quiere y se desea que conseguir triunfos para otros a cambio de vivir en paz? Es tremendo. Y lo más triste como siempre es el modo en que la sociedad naturaliza estas historias o las propala como anécdotas coloridas y hasta graciosas.   

Tal vez sea tiempo de comenzar a contarlas pero no para reírnos o para sumarlas como leyendas bizarras, tampoco para canalizar un enojo contra los adultos de esos vínculos (¿de qué serviría eso?) sino para cortar críticamente con esos modelos  de vínculos entre padres/madres e hijos cuando estos se muestran talentosos en una práctica. A cualquiera de nosotros podría tocarle protagonizar un vinculo con un niño o una niña hiper talentosa y es interesante contar con herramientas para poder abordarlos. Tal vez sea momento de repensar el rol que nos cabe a los adultos cuando una intensidad inusual se apodera de la vida de los jóvenes cuando una disciplina se les vuelve presencia permanente y exigencia constante. Padres y madres que comprendan lo complejo que es de por sí el devenir diario de un chico deportista y que busquen modos de ofrecer su compañía y apoyo de un modo no invasivo, mucho menos violento, ni para ejercer presión. Habrá que seguir pensando alternativas y posibilidades, pero para eso conocer estos relatos puede ser un buen primer paso preventivo.  

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