“Vos no me donás tu impresora, soy yo el que me hago cargo de tu desecho electrónico”

En nuestra vida cotidiana todo el tiempo estamos descartando algo. A las cosas que dejaron de ser útiles las consideramos “basura” y queremos deshacernos de ellas. Ocupan espacio, ensucian, molestan.

Cuando se trata de papel, cartón, latas, vidrios, botellas plásticas…hasta ahí más o menos tenemos claro que pueden ser reutilizadas o recicladas. Y hasta hay incipientes políticas públicas para recoger esos residuos en forma diferenciada. Los municipios se están involucrando y hasta resultó ser rentable trasladarlos a centros grandes, clasificar y vender.

Pero hay otro grupo importantísimo de cosas que ya no usamos y no sabemos qué hacer con ellas: “todo lo que tenga cable, circuitos electrónicos, baterías, etc”, dijo alguna vez Sebastián Ogayar para describir lo que reciben en Nave Tierra, un espacio de reciclaje en pleno San Miguel de Tucumán. Un recorrido por la nave, en calle Santa Fe al 1900, no solo te conecta con computadoras, televisores, cámaras, estufas y celulares en desuso: también hay una huerta y un rincón con ecoladrillos o “botellas de amor”: envases de PET llenos de otros plásticos.

En sus redes dicen que se ocupan de que nada de lo que llevamos llegue a la tierra. Entonces, ¿Qué hacen con toda esa “basura” que llevaba años apilada en nuestros cajones? ¿Cuántos tornillos tiene una impresora? ¿Qué porcentaje de metales y de plástico la habitan?¿Cuántos circuitos hay en un scaner? ¿Esta cámara todavía se puede arreglar?

No es novedad que estamos bajo el imperio de la publicidad de tecnología. Se acerca el día del niño y los bancos nos proponen hacer felices a hijos, sobrinas y nietes con computadoras, tablets y teléfonos. Nos invitan a cambiar nuestro propio aparato celular cada año…¡aunque todavía ande! Por diseño, capacidad de memoria, durabilidad de la batería, calidad de la cámara, todo es una buena razón para dejar el que tenemos y comprar otro.

Sebastian Ogayar es cantante y escritor, pero además es el fundador y responsable de Nave Tierra desde 2012. Cree que la solución al problema del reciclado viene por el lado de cambiar leyes y hábitos. Al respecto señala dos puntos fundamentales: “La obsolescencia programada, que es cuando una empresa decide cuánto va a durar una computadora o cualquier otro producto. Esa obsolescencia podría combatirse desde lo legal, como está comenzando a ocurrir en algunos lugares de Europa. Sin embargo, la más grave es la obsolescencia percibida, que es la del consumidor. Por ejemplo cuando yo cambio mi teléfono porque hay uno nuevo. La obsolescencia percibida nos lleva a seguir comprando cosas y desechando las otras”.

Para poner en contexto, o agregar un elemento a su análisis, vincula con la mega minería: “No es que tenemos que volvernos hippies y comunicarnos con señales de humo, porque se puede tener tecnología con minería responsable. Se puede tener tecnología de punta, pero haciendo que las empresas se hagan cargo de lo que fabricaron, y que esos componentes vuelvan a ser utilizados”, explica.

Los orígenes de esta nave

“Todo esto nace de un libro que presenté en el 2012, se llama Sistema Avestruz. El libro habla de la coherencia y de la conciencia, de aplicar la coherencia a la conciencia. Cuando terminé de escribir el libro, me di cuenta que al primer incoherente que encontré fue a mí, entonces ahí empezamos a trabajar con grupos de reciclado”, cuenta. “Un día viene alguien con un CPU y dice che, ¿hacen algo con esto? y ese día se fundó Nave Tierra, básicamente esa fue la piedra fundacional”, sostiene Ogayar.


Y cuenta que durante los siguientes tres años tuvo que especializarse para poder estar a cargo del proyecto. A medida que aprendía más sobre el tema, descubrió que en los aparatos que se desechaban comúnmente el 95% del producto, todavía funcionaba. Durante la pandemia Nave Tierra comenzó a trabajar con más regularidad. “La gente podía traer cosas a Nave Tierra y en ese contexto de encierro era como un paseo”, asegura.

A diferencia de lo que ocurría en sus inicios, hoy Nave Tierra es autosustentable, es decir que puede subsistir en base a lo que el proyecto mismo genera. “En Nave Tierra estamos terminando la tarea del consumidor que no quiere contaminar. Si vos traes una impresora acá no la estás donando. Nosotros nos hacemos cargo de tu desecho electrónico, es un ida y vuelta”, añade Sebastián. Y suma una visión común a otros tipos de organizaciones sociales: “La idea de Nave Tierra no es hacer dinero, pero lo necesitamos, por eso vendemos los productos. También podemos decidir donar las cosas, como lo hicimos con escuelas y otras instituciones”.

Lejos del modelo de negocio capitalista, este proyecto busca inspirar a otros a que tomen sus pasos: “El objetivo de Nave Tierra de acá a mayo del 2023, es volverse una representación sólida, de la que salgan nuevos alumnos, nuevas Naves Tierras que puedan llamarse como ellos quieran”.

Militar el ambientalismo desde la educación

Si uno revisa las redes sociales de Nave Tierra, podrá observar varias fotos donde se relata la visita de niños y niñas de distintas escuelas al proyecto. Les enseñan a los más chicos sobre la importancia del reciclaje de productos electrónicos, además de otras cuestiones relacionadas a la conciencia ambiental.

“Por el impacto ambiental. En la cocina de la casa uno aprende mucho, por ejemplo en nuestra casa tenemos dos tachos uno que dice papel y otro que dice plástico. En este caso uno aprende a no contaminar, a separar el plástico, el papel y los metales. Los residuos orgánicos van a otra bolsa que se utiliza en la huerta. De esta casa no sale la bolsa de basura que se suele ver”, enfatiza el responsable del proyecto.

“Si uno logra educar y modificar modos de vida, va a lograr otro tipo de camada de chicos, que ya tienen otra sensibilidad. Los niños están dispuestos a lo nuevo”, Y agrega “a veces me cuesta el modo en el que viene la señorita con el grito y el castigo”. Por el contrario, nos cuenta que él elige apoyarse mucho en los conceptos del educador brasileño Paulo Freire para interactuar y transmitir su mensaje a los niños y niñas que lo visitan. “Ningún niño es igual a otro niño. Uno no puede ser rígido y tratar de pedirles sensibilidad. No se puede pedir a un chico que esté atento a lo que dice una persona en una huerta que no conoce. Hay que dejarlos que se expresen, que pregunten, que ellos se hagan dueños del espacio. Es muy importante darle la voz a los niños”, concluye Ogayar.

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